martes, 13 de diciembre de 2011

Comienzo

Una página vacía puede sugerir mucho o nada, según en qué contexto aparezca la página, o en qué estado de ánimo se encuentre quien la contemple. Personalmente siento que siempre será más sugerente que contenga algún texto, por supuesto, o al menos más enriquceder para el lector.
Pero en este tiempo en que se escribe tanto y en tantos formatos, de sobreabundancia de textos de todo tipo, me interpela enormemente que lo que se escribe tenga un mínimo de valor, bien por su forma hermosa de decirse bien por el valor intrínseco de las ideas contenidas en las palabras escritas.
Recuerdo haber leído relatos situados en épocas pasadas en qué un pergamino o un arcaico libro constituían un tesoro por el mero hecho de que contuviera palabras escritas, lo que hacía a sus poseedores partícipes de esa grandeza, la de poder sumergirse una y otra vez en esas palabras escritas, que no se perdían al releerlas, como sí lo hacían las pronunciadas al desvanecerse las ondas sonoras en que viajaban.
Esas curiosidades del pasado suscitarían una sonrisa de benévola comprensión ante la abrumadora acumulación de millones de palabras que cada día se cuelgan en multitud de medios, sobre todos digitales.
A la vez considero que tanta abundancia de literatura ha producido en los lectores una actitud que denominaría de sobrelectura, una mirada rápida a los textos, casi fotográfica, lejos de la pausada lectura de otras épocas, lo que hace muy difícil captar la atención del lector. Eso hace que las posibilidades de que un texto sea leido de forma meticulosa sean escasas. Algunos escritores han optado por el minirelato o minitexto para abordar esta actitud con éxito mas que discutible.
Con esta actitud incio este blog, uno mas entre millones, sin más deseo que contenga textos de algún valor.